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Homilía del día 6 de diciembre del 2020

 “Preparen en el desierto el camino del Señor” 

Is 40, 1-5.9-11 | Sal 84, 9ab. 10-14 | 1Pe 3, 8-14

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Marcos 1, 1-8

Querido hermano, querido amigo:

Todo en este segundo domingo del Adviento en preparación de la Navidad del Señor, está referido al consuelo del Pueblo de Israel en el exilio babilónico después de su larga purificación. En la primera lectura de este domingo que es del tercer Isaías (Cf. Isaías 40, 1-5. 9-11), pide que consuelen, que consuelen a “su” Pueblo que ya ha cumplido el castigo que el Señor le ha impuesto por todos y sus muchos pecados. Dios lo ha acompañado no sólo con su asistencia y presencia en el largo exilio sino que también no ha dejado de enviarles profetas suyos, pero lo más grande es que los sigue considerando “su” Pueblo y que los siga amando ahora, con un amor que pareciera más tierno que nunca. Los “castigos” de Dios son producto de su extremo amor hacia su pueblo santo y querido, preferido y amado, que nunca lo abandona y que pareciera que los castigos más los padece él mismo que su propio pueblo.

Después con imágenes muy plásticas, tomadas de los accidentes propios de los suelos (¡no pretende enseñarnos geografía!), va danto pautas para nuestro carácter, nuestros comportamientos, nuestras conductas. Dios cuida de todo absolutamente. Nuestras depresiones, nuestras soberbias, nuestras esterilidades, etc., todo modo de ser y de comportarnos le importa al Señor y viene en nuestra ayuda. Él que todo lo puede, quiere sin embargo nuestra colaboración para lograr corregir como un buen psicólogo nuestros comportamientos y nuestras conductas que pueden ser tóxicas no sólo para nosotros mismos sino también para los demás. De verdad le interesamos siempre, lo muestra este bello texto de Isaías de este domingo. No dejemos de leerlo atentamente y reconoceremos como en un espejo que nos ayuda para restaurar mejor nuestra imagen.

En la segunda lectura de este domingo (2° carta de Pedro 3, 8-14), nos enseña algo que para el autor es algo obvio por muy conocido: la brevedad de nuestro tiempo comparado con la eternidad de Dios. Un día es como mil años y mil años como un día. Cuando comprendemos esto ya nada nos parecerá interminable y larguísimo. A veces nosotros pensamos al modo muy humano que si han pasado ya dos mil años de la Pascua del Señor y todavía no regresa, es que no va a regresar nunca más. Cuánta ignorancia de nuestra parte, medir los tiempos de Dios con nuestra limitadas categoría de tiempo y espacio humanos, terrestres y mortales. Nada que ver. Es otra dimensión, es un tiempo de Dios que no es nuestro tiempo. Además los tiempos de Dios son marcados ante todo por el amor que Dios tiene a cada uno de nosotros y a mayor razón a toda la Comunidad o Pueblo o Nación. Nada se le escapa, a nada está desatento, con nadie se comporta como si no le interesara, al contrario se interesa tanto por el particular que nada deja librado al azar. Todo está regido por su infinito amor providencial. La prueba más categórica de todo esto la ha dado en la pasión y crucifixión de su único Hijo Jesús. La paciencia de Dios se debe a que él espera la conversión de cada uno de sus hijos. Pero implacablemente llegará, volverá. Los cielos nuevos y la tierra nueva donde imperará la justicia y sólo ella, mantiene fuerte nuestra esperanza.

Finalmente, en el evangelio de este domingo, es el comienzo del evangelio según San Marcos, (1, 1-8), nos dice con toda solemnidad que el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo es “la” Buena Noticia. Una Noticia que no es pasajera y que estará anticuada pasado mañana. No, ésta es Buena Noticia porque es para siempre y para todos y en todo el orbe. Es que Jesús no sólo es el Mesías esperado desde la promesa hecha después del pecado original de nuestros primeros padres Adán y Eva, sino que Jesús es el mismo Hijo de Dios, y por lo tanto Dios como su padre, porque no podía ser de otro modo, un hijo siempre tiene la misma naturaleza que su padre.

Habla primero del mensajero ya anunciado por los profetas, que vendrá a preparar el camino para la llegada del Mesías Salvador. Juan el Bautista es un mensajero que grita en el desierto, donde nadie oye y donde nadie escucha porque todos son sordos. Sin embargo, el poder de Dios traspasa toda la improcedencia humana. El testimonio de Juan es tan autorizado, tan creíble, que nadie puede sustraerse a él. Toda Judea y toda Jerusalén vienen a recibir el bautismo del arrepentimiento en el río Jordán que les administra el santo precursor y mártir (testigo de la Trinidad Santísima). Juan es tan grande que su mayor testimonio es su absoluta humildad. Él anuncia la venida del que bautizará con el Espíritu Santo. Por eso él mismo es el primer testigo de la revelación trinitaria que se da en el bautismo de Jesús. Juan es el dignísimo precursor del Mesías, el Hijo de Dios hecho hombre. Todo en Juan es bello, todo en él es cierto, todo en él es genuino, auténtico. Todo en él señala hacia Cristo.

Fray Diego José Correa OP

Mendoza, Argentina

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