-26 de abril 2020 -
Domingo III de Pascua
Hch 2,14.22-33; Sal 15; 1 Pe 1,17-21; Lc 24,13-35
Querido hermano:Hch 2,14.22-33; Sal 15; 1 Pe 1,17-21; Lc 24,13-35
En su carta, san Pedro se dirige a nosotros como a personas que “están de paso en este mundo”. No se trata de una mirada pesimista sobre nuestra existencia, como si esta fuera un breve intervalo temporal desde la nada hacia la nada. Un punto de partida así no está limitado a oscuras novelas vanguardistas, sino que recorre el anodino hastío de una sociedad incapaz de considerar que no todo se acaba en una sucesión cronológica temporal que se nos escapa de las manos.
“Estar de paso en este mundo” significa (especialmente si consideramos el texto original de la epístola) ser peregrinos. Esta peregrinación es la vida misma, entendida como una existencia de extranjeros, un asentamiento temporal (pero prolongado) en una patria que no es la nuestra. Los quesos y chocolates podrán ser muy agradables, pero nunca será el hogar. Se asumen los deberes que corresponde a esta presencia, pero se anhela la patria.
Para un cristiano, esa patria es el Cielo. Así lo dice la Carta a los Hebreos: los hombres de fe, los creyentes de la Antigua Alianza que son ejemplos para nosotros, dejaron su tierra paterna porque escucharon la promesa de Dios. Reconocieron que eran “extranjeros y peregrinos” (Hb 11,13), huéspedes y strangers in a strange land: “Los que así hablan, demuestran claramente que están en búsqueda de una patria, y si hubieran pensado en aquella de la que habían salido, habrían tenido oportunidad de regresar” (Hb 11,14-15).
Estar en la tierra por la que peregrinamos y anhelar la patria que nos falta (o, con palabras del Señor, no pertenecer a este mundo, aunque permaneciendo todavía en este mundo): aquí está nuestra fe y nuestra esperanza “puestas en Dios” (1 Pe 1,21). No es un escapismo alienante (pero, como diría Tolkien, no se puede reprochar al preso su deseo de fugarse de la cárcel), porque nuestra llegada a la meta depende de nuestro paso por los días de la travesía. Es el sentido del temor del que habla Pedro: no un miedo escalofriante causado por monstruos imaginarios, sino la conciencia de la acuciante posibilidad de perdernos por el camino de regreso.
¡Qué triste será la vida cuando no tenga más perspectiva que el tedio de una cuenta regresiva! Podrá haber heroísmos (completamente dignos de admiración) y alegrías verdaderas (pero limitadas, y mezcladas demasiado frecuentemente con alegrías falsas) que ayuden a sobrevivir. Nunca habrá cimientos sólidos que no puedan ser sacudidos por la tormenta. En una vida así, la ilusión por un futuro mejor, el rechazo a un pasado superado y el aferramiento a un presente ruidoso y vacío es la verdadera alienación.
Solamente la esperanza en la Vida que nos trae el Cordero inmaculado y sin defecto, solamente ella puede liberarnos. Esa es la redención y el rescate “de la vana conducta heredada de vuestros padres”, porque es la libertad del pecado, de la mentira y de la muerte. Como peregrinos, anhelamos nuestra Patria, pero, como pecadores, solamente podremos ser ciudadanos de ella si recibimos el baño de la sangre del Cordero. Las dos cosas no pueden ser separadas: el deseo del Cielo será inútil cuando no esté asentado en el firme terreno que acogió a la Cruz salvadora.
“¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!”: mejor dicho, “Tú eres el único peregrino”. Es la misma palabra que usa san Pedro. Jesús no vino de paso, no vino para hacer turismo, no vino para recorrer el safari de la humanidad (seguro en un auto blindado). Vino como peregrino: inocente del pecado de esta tierra, pero para compartir los sufrimientos de los hombres que la habitan. Todavía más: para sufrir los sufrimientos que los hombres le descargamos. Pero esto era necesario (con la necesidad de un corazón de pastor que ama ardientemente a la oveja perdida) para que el Mesías entrara en la gloria. Y nosotros con Él. Porque el sufrimiento de la Cruz fue soportado por el que no lo merecía: el Inocente (el Cordero) que nos salva por medio de su sangre, “porque no era posible que la muerte tuviera dominio sobre él” (Hch 2,24).
Querido compañero de viaje: ni la carne ni la voluntad del hombre, ni el dinero ni la sabiduría de este mundo, ni la popularidad ni la vanidad, ni el dominio ni un placer efímero: nada de eso nos salvará. Nada de eso nos dará la felicidad que anhelamos, nada de eso nos llevará a la patria que es nuestro hogar. Solamente sumergirnos (bautizarnos) en el Resucitado que nos hace sentar a su mesa, nos entrega su eucaristía y nos da su inagotable vida. Solamente entonces nuestro corazón arderá con un fuego que no se puede extinguir jamás.
Fray Eduardo J. Rosaz
Fribourg en Nuithonie, Suiza

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