-Homilía para
el domingo 7 de junio de 2020-
SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Dijo Jesús:
Dios amó tanto al
mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera,
sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al
mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es
condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre
del Hijo único de Dios. (Jn 3, 17-18)
En verdad, queridos hermanos
y amigos, esta es la petición principal de Jesús: que creamos al Hijo de Dios.
¿Qué debemos creer? Obvio: que Jesús es Dios como su padre eterno. ¿Acaso no
somos todos hijos de Dios? Ciertamente que todos somos hijos de Dios por
creación. ¿Cuál entonces es la diferencia entre Jesús y nosotros, si todos
somos hijos de Dios y Jesús también lo es? Hay una gran diferencia: nosotros,
todos los seres humanos somos hijos de Dios por creación, en cambio Jesús es de
la misma naturaleza que Dios, o sea, es también de la esencia divina, o sea que
en cuanto a su naturaleza es igual, la misma de Dios. ¿Entonces en qué se
distingue de su Padre Dios? En que Jesús es otra persona distinta del Padre.
¿Entonces existen dos dioses? ¡Eso es ridículo! Sí, por cierto es ridículo
expresado de ese modo, Dios es absolutamente uno sólo, no dos o tres dioses.
¿Entonces cómo Jesús pide ser aceptado como otro Dios? Jesús no pide ser
aceptado como “otro Dios”, jamás a dicho eso, todo lo contrario, ha dicho “que
él y su Padre somos uno”. Entonces ya no entiendo nada. De eso se trata
precisamente, no de entender sino de creer. Es un misterio absoluto. Dios es
uno solo y único Dios. Pero en Dios-uno hay tres personas distintas. El Padre,
que es Dios, el Hijo, que también es Dios como el Padre y el Espíritu Santo que
también es Dios como el Padre y el Hijo. ¡Es incomprensible esto! Sin duda que
lo es, pero no por ser irracional, sino por ser colosalmente más elevado y
grande que nuestra poderosa inteligencia humana. Los seres humanos somos los
únicos seres inteligentes. Ningún animal lo es, por más que nosotros podamos
constatar muchas cosas que nos admiran en el comportamiento animal por su
destreza, sagacidad, habilidad, etc., que son muchas veces admirables y; aún a
veces, combinadas con grandes capacidades de amor sensible y de no hacer mal ni
al hombre ni a la naturaleza, tanto, que a veces parecen en esto muy superiores
a los hombres y las mujeres.
El Salmo 8, tiene una
expresión muy audaz y admirable, dice, hablando del ser humano: “apenas inferior a un dios lo hiciste, coronándolo de
gloria y esplendor; señor lo hiciste de las obras de tus manos, todo lo pusiste
bajo sus pies” (versículos 6 y 7). O sea, que Dios mismo reconoce la grandeza
del hombre, su dignidad y su capacidad de discernimiento. Pero es obvio que
respecto de Dios mismo, nuestro ser y nuestra capacidad es minúscula, casi
diríamos ínfima. Cosa que la soberbia del hombre no admite y que después del
pecado original, ha aumentado paulatinamente y, numerosos seres humanos, no son
capaces de concebir ninguna cosa superior a sí mismos. Es más, numerosos
hombres del hoy y de siempre, han sido y son incapaces de concebir la
existencia de seres puramente espirituales, que no siendo materiales, sí son
reales. Como es el caso de los ángeles y de las almas de los seres humanos,
realidades maravillosas y extraordinarias, pero totalmente espirituales y que
pueden existir y de hecho existen sin cuerpo físico, como es el caso de las almas
de personas fallecidas que hasta la resurrección final no recuperarán su propio
cuerpo.
En la Santísima
Trinidad no solamente admiramos su armonía, su santidad total, su sabiduría
inconmensurable, sino sobre todo su amor, y que por eso se ha comunicado con
nosotros y se nos ha dado a conocer. Eso ya es de parte de Dios algo tan
maravilloso y extraordinario, que deberíamos estar siempre absortos solamente
sabiendo esto. Ningún otro ser de la creación visible sabe este misterio, sino
sólo el ser humano. ¡Imaginémonos nosotros si por ejemplo los pájaros, algunos
que son tan bellos y a veces que cantan tan dulcemente, si ellos pudiesen
comprender, no a Dios, sino lo que ellos mismo son! Sin embargo, nada de eso
sucede, ni siquiera saben que son creados ni por quién ni qué admirable belleza
el creador ha puesto en ellos mismos. Nosotros los seres humanos, que nos
sabemos tan grandes y capaces de lo más sublime; -y, por lo mismo también,
capaces de lo más ruin y despiadado pensable- , y sin embargo, tenemos la
revelación divina que nos comunica no sólo que Dios existe, sino cómo es ese
Dios en su esencia íntima. Sabemos que es tres personas distintas y totalmente
iguales, y que poseemos numerosas explicaciones estupendas de este misterio en
sí mismo insondable, y que para colmo su esencia misma es “amor”.
Entres las tres personas existe un amor eterno
e igual, invariable e imperdible. Conocer a Dios y descubrir cómo es Dios por
dentro, por decirlo de algún modo, es lo único que puede hacer a todo ser
humano plenamente feliz y capaz de obrar el mayor misterio y dignidad de toda
persona: amarlo a ese Dios-Trino. Sin conocer no se puede amar, así es nuestra
naturaleza humana, que mientras más conoce más ama, y mientras más ama, más
quiere conocer. En Dios este proceso no termina nunca, porque él es infinito en
todo, sin embargo el ser humano reposa en posesión y gozo cuando alcanza este
objetivo, temporalmente en esta vida y eternamente después en la futura vida.
Que la divina
naturaleza, revelada en el Hijo hecho hombre en el tiempo e hijo de María
Virgen, nos dé el inmenso y sublime regalo de conocerlo y amarlo así como es
Dios-Trinidad: Dios uno en tres personas distintas y que las tres son amor. Es
más, estamos llamados a conocer y disfrutar esta maravilla perpetuamente, si
creemos en el Hijo único de Dios manifestado en carne y se llama “Jesús”.
Fray Diego José Correa, OP
Mendoza, Argentina.

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