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Homilía para el 28 de junio de 2020 
Domingo XIII° 
Ciclo A - 2 Re4, 8-11. 14-16a; Sal 88; Rom6, 3-4, 8-11; Mt10, 37-42 

La recompensa del justo


Querido hermano:
 Podríamos preguntarnos, y no seríamos los primeros, acerca de la necesidad de llegar a Dios por medio de otros. Si Él es la realidad última, parecería más razonable (o, al menos, más razonable para el hombre ilustrado) que se pusiera en contacto directamente con cada uno de nosotros. Si realmente es tan importante conocerlo y cumplir su voluntad, tendríamos que ser capaces de alcanzar una cercanía clara y distinta con Él. Al fin y al cabo, la exigencia de creerle a Dios no parece tan descabellada, pero la necesidad de pasar por el testimonio de los hombres suena ardua y hasta peligrosa.
Hay muchos factores que entran en juego en este problema. El pecado original, que impidió lo que efectivamente era una conversación de amistad. Nuestra condición de criatura, que solamente alcanza la intimidad divina por una gracia inmerecida. Cierto pensamiento contemporáneo, que intenta cortar de raíz todo ensayo de conocer a Dios por medio de nuestra razón. Es evidente que estos factores existen y nos impiden esa claridad a la que pensamos aspirar razonablemente. Sin embargo, creo que hay algo más.
 El Señor Jesús insiste hoy en la existencia de una recompensa. Nos equivocaríamos si nos quedamos simplemente en la valoración de una hospitalidad humana o en un compromiso por las necesidades materiales. Es cierto: Jesús nombra la sed calmada. Pero se puede aspirar a la recompensa porque la buena acción fue hecha hacia un discípulo. Incluso el juicio que el Señor prevé algo más adelante implica la identificación de Jesús con “el más pequeño de mis hermanos” (Mt 25,40). Posiblemente, no tengamos que interpretar estos pasajes como si solo las buenas obras hechas hacia los cristianos sean las que reciban su galardón. Tampoco debemos reducir las palabras de Jesús a una filantropía liberal y sin referencia a Dios.
Ahora bien, la recompensa también es mencionada para el que reciba a un profeta por ser profeta y a un justo por ser justo. Este recibimiento merece la recompensa que es propia del recibido: la vida eterna (Mt 25,46) y el Reino de Dios (cf. Ap 11,17-19). Hay aquí una primera respuesta. Dios quiere que lo reconozcamos por medio del recibimiento de sus justos y profetas, para poder gozar de su recompensa. Él podría haber elegido otro camino; sin embargo, quiso establecer esta vía en la cual su presencia está como velada y así la acogida de la fe (que debe ser acompañada por la caridad: el vaso de agua) supone un mérito que Dios quiere premiar. Con esto, no le hacemos un favor a Dios, sino que Él mismo corona sus propios dones al coronar nuestros méritos. (No quiero decir que solamente podamos conocer a Dios recibiendo a sus profetas y a sus justos: podemos hacerlo por la razón; sin embargo, este conocimiento no significa de suyo una recompensa. Dejo esta reflexión para otro momento).
La característica principal de estos profetas y justos es que no hablan en nombre propio. No es su propia justicia ni su propia inteligencia lo que transmiten, sino que son enviados por Cristo: “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió”. Aquí está la fuente de su autoridad; aquí está la fuente de la razonabilidad de acogerlos: el envío por parte de Cristo. No debemos apresurarnos con la comparación entre los enviantes. El Padre envía al Hijo, “nacido de una mujer, nacido bajo la Ley” (Ga 4,4), igual en todo a Él, coeterno y consustancial, para hacer de nosotros “hijos de adopción” (Ga 4,5). A pesar de esta diferencia (fundamental e insuperable), hay también una continuidad. Aceptar la palabra de los discípulos (palabra que se manifiesta en la debilidad y pobreza de nuestro testimonio) es ponerse en contacto con la Palabra del Padre que se hizo pobre y débil. De alguna manera, el tesoro recibido en vasos de barro apostólicos nos permite acostumbrarnos al tesoro divino escondido en el terreno de nuestra humanidad.
Tal vez a alguno esta propuesta le resulte insuficiente. Querríamos tener un contacto más próximo, más cercano, más inmediato con Dios. La respuesta es que esto es posible. Podemos tenerlo porque el Hijo eterno del Padre se encarnó. No solamente nos reveló los secretos de Dios, sino que compartió nuestras fatigas. Podemos alcanzar una cercanía de primera mano (que no se opone a la recibida por los enviados del Señor, pues son ellos quienes nos la anuncian). Podemos obtenerla, pero exigirá no poca cosa de nosotros: tomar nuestra cruz, seguir al Cordero y unirnos a su muerte redentora. Solamente entonces seremos dignos de Él.
 Fray Eduardo José Rosaz o.p. 
Friburgo (Suiza)

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