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Homilía 13 de septiembre de 2020

 

«Le presentaron a uno que debía 10.000 talentos》



Queridos hermanos: 

deudas, tal es la imagen que la Sagrada Escritura utiliza en numerosas ocasiones para hablarnos acerca del pecado. El Señor nos enseñó a rezar en el Padrenuestro así: “perdona nuestra deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6, 12). Literalmente dice deudas, en griego: οφειληματα. ¿Por qué esta imagen? ¿Por qué Jesús insiste tanto en las deudas? Hay algunos que por su excesiva simpleza piensan que Jesús utilizó la palabra deuda porque no se le ocurrió otra mejor y que sería, por lo tanto, tarea del intérprete tratar de mejorar la expresión defectuosa que nos dejó el Señor. Ya dije muchas veces que Jesús, al darnos su enseñanza, no elegía las palabras al azar ni al tuntún, sino que todas estaban inspiradas por la ciencia inefable de Dios. De allí que en el hecho de que Jesús utilice una palabra y no otra hay ya un profundo significado. Y aunque es verdad que probablemente la palabra aramea utilizada por Jesús tenía muchos matices, sin embargo, el evangelista san Mateo nos lo transmitió así en griego. Notemos que san Lucas transmite el Padrenuestro con una ligera variante que una vez dice pecado en lugar de deudas: «perdónanos nuestros pecados (αμαρτιας) porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe” (Lc 11, 4). Pues lo que importa no son las palabras en sí mismas, sino la realidad significada.

Es por demás evidente que Jesús no se refiere a una deuda de dinero y que no está estableciendo una regulación de la economía, sino que bajo la imagen de una deuda económica se refiere a todo tipo de deuda contra la justicia, a las cuales solemos llamar ofensas. Pero entonces, nuevamente, ¿por qué dice deuda y no ofensa?  Porque ofensa significa el acto injusto, en cambio, deuda la situación generada por la injusticia. Mientras que ofensa indica el acto de agresión que es transitorio, deuda indica la obligación y el déficit que permanecen después de cometida la acción mala. Por el pecado contraemos un débito de justicia real. No se trata simplemente de que hicimos sentir mal al otro, sino de que sustrajimos algo debido, y que, por lo tanto, hay obligación en justicia de restituir el daño hecho. El disgusto causado al prójimo se pasa con el tiempo, pero no esta obligación. Tampoco es una opción nuestra el pagar o no. Ni mucho menos depende la deuda de nuestra estimación de la gravedad del asunto. Tampoco deja de existir porque caiga en olvido. Y esto es así porque el pecado contrae una deuda no sólo con el prójimo, sino principalmente con Dios, y Dios es atemporal, es decir, eterno. Tarde o temprano todo se cobra: “no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo”- dice Jesús (Mt 5, 26). Solamente Dios puede condonar esta deuda.

“Le presentaron a uno que debía 10.000 talentos.” Un talento es el equivalente a 34 kilos aproximadamente. Si lo ponemos en oro, dado que un kilo de oro vale 62.000 dólares, serían algo así como $2.500.000.000.000 de pesos (dos trillones, es decir, un 2 y doce ceros atrás). Es una deuda impagable. Con esto el Señor nos quiere enseñar que la deuda contraída por el pecado es tan grande que no puede ser saldada por el hombre. Porque el pecado ofende a la majestad divina quitándole la gloria que le es debida en sus creaturas. Y como la majestad de Dios es infinita, la deuda contraída por el pecado es infinita también. La creación entera no alcanzaba para pagar. Ya por el hecho de ser creados nos debemos totalmente a Dios, le debemos absolutamente todo nuestro ser y existencia. No hay nada en nosotros que no sea propiedad suya. Pero por el pecado contrajimos una deuda todavía más grande, porque ofende a Dios. Así formulaba esta idea en el Antiguo Testamento el salmo 48: “Es tan caro el rescate de la vida, que nunca les bastará” (Sal 48, 8). El rescate, es decir, el precio a pagar, la redención. Literalmente el salmo dice “la redención de sus almas”. Y sin embargo, esta deuda impagable ha sido saldada. ¿Y qué es esa cosa tan preciosa que tiene un valor superior a toda la creación? «Habéis sido redimidos… -dice el apóstol san Pedro- no con algo caduco, oro o plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, el Cordero sin mancha” (cfr. 1Pe 1, 18-19). Tengamos siempre ante los ojos -hermanos- cuánto costó a Dios la redención de nuestras almas. Todos nosotros éramos como este siervo deudor, ya que el pecado ha alcanzado a todos. Y si Dios pagó un precio tan caro por nosotros, ¿cómo nos da la cara para exigir cuentas de las moneditas que nos deben los hombres? ¡Así de ridículos somos cuando no queremos perdonar y todavía más cuando con orgullo pensamos que no perdonar es una obra de justicia o que los demás no merecen nuestro perdón! Entonces, ¿qué hay que perdonar? Todo, absolutamente todo. Si juntaras todas las acciones injustas del mundo -los homicidios, adulterios, robos, calumnias, abusos y traiciones- y en un instante alguien las perpetrase todas contra ti, aún así toda esa grandísima cantidad de injusticia no serían más que monedas con respecto a lo que te ha sido perdonado a ti. Porque la deuda con respecto a Dios es infinitamente superior a las deudas entre los hombres.

No dejemos que aniden en nuestro corazón el odio y el rencor; cuando no perdonamos somos como ese siervo malvado (malvado, así lo llama Dios) que tomaba del cuello a su compañero hasta ahogarlo. Al contrario, tengamos una medida grande considerando qué bueno es el perdón. El perdón libera al prójimo y le da aire para que pueda mejorar. El perdón disuelve las guerras y restablece los lazos de amistad. El perdón de las faltas ajenas consigue de Dios el perdón de los pecados propios. El perdón hace grande al alma, tanto más grande cuanto más grande es la medida de lo perdonado. El perdón -por decirlo en una palabra- nos hace semejantes a Dios.

Fray Álvaro María Scheidl OP
San Miguel de Tucumán, Argentina

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