-Homilía
para el domingo 6 de septiembre de 2020-
“El que ama al prójimo ya cumplió toda la ley”
Hermanos/amigos:
Como
cada domingo la palabra de Dios es un fuego renovador. Basta que la oigamos con el corazón dispuesto,
para sentir una distancia enorme entre lo que la palabra de Dios nos dice y
nuestra propia vida.
Este domingo en la primera lectura
del profeta Ezequiel, que fue un profeta y sacerdote hebreo que marchó exiliado
a Babilonia junto con todo el pueblo de
Israel y que ejerció allí su ministerio entre el 595 y el 570 antes de Cristo y
que murió en Babilonia, nos ofrece un texto precioso (33, 7-9). Nos enseña que
el hombre de Dios debe hablar a los malvados con la palabra que Dios le dice,
sin menguarla, sin cambiarla y sin miedo a la reacción de ellos. Su fortaleza
es Dios, por eso él lleva ese nombre de Ezequiel, ya que es Dios quién lo
sostiene no la sociedad o la popularidad. En
el mundo en el cual vivimos actualmente, especialmente desde el Concilio
Vaticano II, y no por culpa del Concilio, sino por no ser fiel a él muchos de
nosotros, obispos, sacerdote y diáconos o catequistas, nos cuidamos mucho de
quedar bien con la gente. ¡No digamos algo que sea políticamente incorrecto!
Con esta conducta lo único que logramos es ser una sal insípida, una luz
apagada. Quizá es por eso que también nuestro mundo está tan mal. Como dice el
Señor al profeta Ezequiel si tú no adviertes al malvado de parte de Él, que
morirá por su mala vida o malas acciones y no se convierte, entonces morirás
también tú junto con el malvado, pero si lo adviertes y él no te escucha,
entonces él malvado perecerá pero tú habrás salvado tu vida por obedecerme a
mí, tu Dios, y no por quedar bien a la vista de los mundanos de tu tiempo. Por
este principio es que la Iglesia ha tenido y tiene tantos mártires, hoy más que
nunca. Esto es una excelente señal de que la Iglesia está siendo lo que debe
ser y no una sal pisoteada por los hombres de hoy.
La segunda lectura de este domingo,
son sólo tres versículos de San Pablo (Romanos
13, 8-10) y que dan origen al título de esta homilía dominical. Pienso que
si cada uno de los hombres o al menos de los católicos, comprendiéramos y nos
propusiéramos vivir el contenido de estos tres sencillos y profundos versículos
del gran apóstol San Pablo, la humanidad entera viviría feliz, pero muy feliz.
En primer lugar sin duda para quién los practicara, para el cual no existiría
ningún tipo de infelicidad, y por consecuencia para todos los que entraran en
contacto con este creyente.
Se nos propone que nuestra única
deuda con el prójimo sea nuestro amor. Con lo cual desaparecen todos los deseos
de venganza, todos los resentimientos, todos los deseos de reconocimiento. Es
como un medicamento mágico que nos cura en un abrir y cerrar de ojos, todas las
heridas posible de nuestro corazón. Sanado nuestro corazón de una manera real y
profunda, está el camino expedito, libre, para hacer sólo lo que el corazón
humano quiere y más goza: amar.
San Pablo dice que todos los
mandamientos de la ley de Dios se cumplen con solo amar. ¡Qué paradoja, el
primer pecado que nombra es el adulterio! Cuántas veces las personas entienden
que cometen adulterio porque aman. Es exactamente lo contrario pecan porque no
aman, sino lo indebido, diría San Agustín. Lo siguiente es no matar. La
violencia, que hoy en nuestra sociedad es de lo que más se habla, de lo que más
se padece, de lo que más se teme. Matar es la violencia extrema y el desamor
más grande. El que más sufre no es el que padece la violencia sino el que la
realiza. Ya es infeliz por no amar, peor lo será ahora cuando ha consumado lo
contrario del amor que es el odio.
El que ama no roba. El que da es
feliz. El que retiene para sí, sobre todo lo que pertenece a otro o a todos,
ese ser humano, hombre o mujer, es profundamente infeliz, inseguro, mezquino,
taimado, doble, falaz. Pobre persona rica de todo y al mismo tiempo pobre de
todo. Sabe que todo lo que tiene no le pertenece y que nada lo hace feliz. Si
amara de verdad su felicidad consistiría no sólo en dar lo mucho que tiene sino
sobre todo darse de verdad, dejarse poseer por el prójimo.
Estos tres maravillosos versículos
de San Pablo, inspirados por el Espíritu Santo, son para seguir meditándolos
hasta el infinito y sacando más y más conclusiones, pero en concreto: nos deben
llevar a amar de todo corazón a nuestros prójimos sean quiénes sean.
En el evangelio de este domingo (Mateo 18, 15-20) es una buena manera
práctica que nos enseña Jesús de amar corrigiendo a nuestros hermanos cuando
han pecado. Pero la condición es que lo hagamos como nos ha ya señalado San
Pablo en la lectura anterior: con amor, por amor y llenos de amor hacia los
corregidos. De lo contrario empeoraremos las cosas.
Finalmente, la fuerza de la oración
en comunión con otro, aunque sean sólo dos los que se proponen pedir algo. Se
juntan tres voluntades que llenas de amor piden algo por amor y para bien de
alguien: la de los dos orantes y la de Cristo, amor personificado. El Padre de
Jesucristo no podrá no concederlo, a no ser que no sea bueno o conveniente lo
que se le pide. Puede retardar darlo si eso es conveniente, puede no darlo si
no es conveniente o bueno. Pero lo seguro es que el Padre siempre oye lo que
piden sus hijos.
fray
Diego José Correa, OP
Mendoza,
Argentina.

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