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Homilía del 1 de noviembre 2020

 "Somos santos porque realmente somos hijos de Dios"

octubre 30, 2020

1 de noviembre de 2020

Ap 7, 2-4.9-14 | Sal 23, 1-2.3-4ab.5-6 | 1 Jn 3, 1-3

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Mateo 5, 1-12a

imagen extraida de: https://www.cny.org/

No es frecuente que celebremos esta gran Solemnidad en día domingo. Este año, tan especial en nuestra vida y tan extraño a todos los otros años, nos regala el Señor Jesús que podamos celebrar en Domingo la Festividad de todos los Santos.

Evidentemente de muchos santos conocemos sus nombres y sus vidas y los celebramos una vez al año o con más frecuencia, pero tantísimo otros que no conocemos ni sus nombres ni su existencia siquiera, que son incontables, y que acumulan tantos méritos que la divina gracia les ha regalado y que ellos no han despreciado y han cultivado generosamente.

Como dice la oración “colecta” de esta Solemnidad “nos concedes celebrar en una sola fiesta los méritos de todos tus santos”. Quizá si pensamos con un poquito de profundidad y de sabiduría teológica, podremos apenas vislumbrar lo que significa realmente “los méritos de todos tus santos”. ¿Pero no es que son todas gracias de Dios que han fructificado gratuitamente? Ciertamente que sí. Pero sin la libre y voluntaria participación de ellos (los santos) nada se hubiese llevado a cabo. Es una tontería oponer gracia y méritos. Ya que es una misma realidad amalgamada de tal modo que el actuar divino y el actuar humano se conjugan haciendo una maravillosa síntesis, llena de una inusitada e inimaginable maravilla.

Lo más cercano que tenemos para ejemplificar esto es el joven beato Carlo Acutis, beatificado el mes pasado. Una maravilla de la gracia divina, pero al mismo tiempo una encantadora respuesta de un joven de pureza angelical, que puso sus quince jóvenes años de vida, totalmente al servicio de Dios. Nada más correcto para él que el título de Beato, o sea Feliz, que es lo que quiere decir Beato, ya que su vida llena de esfuerzos y de trabajos fue inmensamente feliz en todo momento, ya que como él mismo dijo, nunca había malgastado ni un minuto de su vida en hacer algo que no complaciese a Dios. Qué paradoja con tantos jóvenes de hoy contemporáneos a él que la mayor parte de su tiempo es hacer lo distinto de lo que Dios quiere de ellos. Esta es precisamente la causa de su infelicidad, insatisfacción y hasta deseos de no vivir. Carlo por el contrario tenía una vida tan llena de entrega, generosidad y amor al prójimo que lo que le sobraban eran ganas de vivir. Cuando entendió que Dios se lo quería llevar en tan fecunda juventud, sólo 15 años de vida, no sólo no se puso triste, sino todo lo contrario. Entendió que su vida iba a tener de ahí en adelante un valor universal. Su alegría pasaría a ser casi infinita en la vista directa de Dios mismo y su labor bienhechora sobre los demás se desplegaría por el mundo entero.

Tenemos tanto que aprender de los santos de la Santa Iglesia, que no acabaríamos nunca ni de conocer ni de siquiera imaginar el mundo maravilloso y felicísimo que se nos abre delante de nuestros ojos. Cuántos de nuestros hermanos africanos han sido sacrificados en la peor miseria y pureza encantadora de sus vidas pletóricas de amor y fe, que el mundo no ha conocido ni valorado, pero que ellos bajo el misterio de la iniquidad han padecido; y, sin embargo, esa entrega final en el martirio no ha sido más que el desenlace final de una vida pobre, alegre, sencilla y llena de una sobreabundancia de las gracias divinas que trabajaban en ellos y con ellos, augurando un mundo nuevo que se estaba gestando en esas nacientes Iglesias tan florecientes y tan llenas de vitalidad divina. Cuánto podrían entregar de vida y felicidad a las satisfechas y vacías vidas de tantos hombres y mujeres del así llamado primer mundo donde las riquezas a veces no les ha dejado más que egoísmos y vacíos existenciales.

Los santos, beatos y venerables, no son de ayer solamente, sino de hoy y del mañana, hasta el fin del mundo, cuando Jesús venga por segunda y definitiva venida para el juicio universal, seguirá la Santa Esposa de Cristo, su Iglesia, sembrando el mundo con más y más gente plenamente feliz en una santidad admirable porque son vida colmadas de sentido para vivir y para morir. La esperanza de ellos se ve colmada pasando por la muerte como un simple paso final de esta existencia de por sí ya llena de Dios, con mucha fe, mucha esperanza pero sobre todo con mucha caridad sentida y vivida hasta el mismo derramamiento de su propia sangre, si así lo dispone Dios en su misterio de amor entrañable para algunos de ellos.

Finalmente, y no el menos importante, es el aspecto comunicacional que nosotros que seguimos todavía viviendo en esta tierra, tenemos y podemos tener con estos hermanos plenos de felicidad y amor para con nosotros. Probablemente nada nos hace tanto bien como conocer sus vidas fecundas y llenas de amor en los más diversos ambiente y circunstancias de la historia que les ha tocado vivir. Vemos cómo su creatividad ha sido exigida al máximo, su libertad puesta al tope de la exigencia y sobre todo su fe ardiente ha sido la ayuda más poderosa que han recibido de Dios mismo. Eran muy felices ya en esta vida a pesar de las cruces y padecimientos que les tocaba enfrentar. Pero ellos bien sabían que por cada pequeño o grande sufrimiento por Cristo y por su Reino, iban a recibir una incalculable gloria de felicidad que les haría pensar que habían sido nada esos padecimientos. La muerte no era más que el umbral que debían pasar para lograr esa inmensa e inagotable felicidad eterna. Si antes habían hecho siempre el bien a todo el que podían, ahora en el cielo están dispuestos a ayudar con su intercesión ante Dios todas nuestras peticiones, nuestros deseos más íntimos y nuestros mejores anhelos. Lo único que se requiere de nuestra parte es confianza en que ellos, amigos de Dios y nuestros, están siempre dispuestos a ayudarnos, porque ahora nos quieren muchísimo más que cuando vivían en esta tierra. Entonces, hermanos y amigos, no desaprovechemos ese manantial inagotable de felicidad para pedir y enviar por ellos el agradecimiento y expresar nuestro amor a Dios autor de todos los bienes. María Virgen es la Reina de los Cielos, que a todos empuja a seguir amando y obrando más y más en bien de la humanidad peregrinante.


Fray Diego José Correa OP

Mendoza, Argentina

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