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Domingo 26 de julio de 2020 
 XVII del Tiempo durante el año (Ciclo A)
Lecturas bíblicas: 1 Re 3,5-6a.7-12; Sal 118; Rm 8,28-30; Mt 13,44-52

“Es similar… a un tesoro escondido”


Querido compañero de camino:

            La primera palabra de la predicación de Jesús fue: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos ha llegado” (Mt 4, 17). Este Reino que se acerca a nosotros, y cuya venida debemos pedir con insistencia, es la presencia de Dios entre nosotros, en Cristo Jesús. Pero, aunque Dios “reina con esplendor y majestad” (Sal 92, 1), Jesús nos dice que el Reino que Él trae es humilde, como una pequeña semilla (Mt 13, 31), no es de este mundo (Jn 18, 36) e incluso sufre las astucias del enemigo (Mt 13, 28). Los que a él pertenecen deben estar preparados para persecuciones e incomprensiones, pero tienen la esperanza de llegar a ver que “ha llegado el reinado sobre el mundo de nuestro Señor y de su Cristo, y reinará por los siglos de los siglos” (Ap. 11, 15).
            En la parábola que la Iglesia nos ofrece en este domingo, el Reino es presentado como un tesoro y como una perla. Pero estos objetos de gran valor no son estridentes, no están en medio de las multitudes ni salen en los diarios. Por el contrario, están escondidos y suponen el esfuerzo constante de la búsqueda y la gratuidad de la Providencia, la sed de encontrar la belleza de la perla y el arrojo de vender todo por un tesoro hallado prácticamente de casualidad.
            Esta presencia de Dios no viene teatralmente, con barullo, sino que está entre nosotros (Lc 17, 21). Es una realidad ya operante en medio de los hombres y dentro de ellos. A veces, como con el tesoro, viene a nuestro encuentro incluso al que no lo espera, porque “me he dejado hallar por quienes no me buscaban” (Is 65, 1). Irrumpe así en la vida del hombre, sorprendiéndolo y transformándolo. Otras veces, Dios responde al anhelo constante y perseverante del hombre que clama: “como desea la cierva las corrientes de agua, así te desea mi ser, Dios mío” (Sal 42, 2).
            El tesoro escondido es Jesús. San Pablo nos lo dice con claridad: en Cristo “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y la ciencia” (Col 2, 3). ¡No en Wikipedia, sino en Cristo! Si está escondido, y si no todos lo reciben (Jn 1, 11), no es porque esté disponible para unos pocos auto-iluminados. Esto es gnosticismo y, así entendido, no es compatible con la Fe en Jesús.
            Por el contrario, nuestro Salvador, “manifestado en la carne…, proclamado a los gentiles, creído en el mundo” (1 Tim 3, 16) está en el centro de todo entendimiento y comprensión. El resplandor de su luz es mayor que el del sol y por eso nuestros ojos, entenebrecidos por el pecado, muchas veces huyen de él. Temen ser heridos, única manera de ser curados, y vuelven a las tinieblas a las que están acostumbrados.
            Pero, a pesar de toda esa luz, está escondido. Sin dejar de ser la Palabra eterna de Dios, vino a este mundo con la apariencia, con la “forma” de esclavo (Flp 2, 7), para devolvernos la vida perdida por el pecado. Este modo de proceder nos impulsa a poder reproducir también nosotros sus sentimientos, sin temor a ser considerados necios y débiles para este mundo. En otras palabras, nuestro objetivo debe ser entender que nuestra “vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3, 3).
            ¿Tan grande don te enorgullece? Haces bien en alegrarte por haber sido enriquecido de tal manera, pero recuerda que “tenemos este tesoro en vasos de barro” (2 Cor 4, 7). No lo hemos recibido por nuestros méritos, sino por pura Gracia. Por eso, ni tú ni yo podemos considerarnos sus dueños, sino sólo sus siervos inútiles. Estupefactos por un amor tan inmerecido, debemos alabar y dar gracias por haber encontrado el tesoro de Cristo. 
            ¿Te desalienta que permanezca oculto, que parezca ausente ante tanta indiferencia, ante tanto mal y soledad? Frente al desánimo, podemos encontrar consuelo y fortaleza en Jesús: “no hay nada escondido que no haya de ser manifestado” (Lc 4, 17). Su Reino puede pasar desapercibido, muchas veces por nuestros propios pecados, que esconden y afean nuestra condición de miembros de Cristo. Pero hay una firme esperanza: Él ha vencido.
            Madre Santísima, María, tú sabes de tesoros escondidos. Durante muchos años vivió oculto contigo, y con el casto varón José, el Misterio de Dios. En una existencia cotidiana, aparentemente igual a tantas otras. Pero tu corazón silencioso sabía que el arrojo y la valentía se muestran más en la paciencia y la esperanza que en las acciones llamativas. Madre buena, enséñanos a dejar todo, a considerar todo como basura, con tal de ganar a Cristo. Danos el tesoro que habitó siempre en tu corazón. Amén.

Fray Eduardo José Rosaz, OP
Friburgo, Suiza.

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