Homilía para el 5 de julio de 2020-
Domingo 14° durante el año litúrgico, Ciclo Dominical “A”
Jesús, el Señor, el Hijo Único de Dios, fue humilde siervo obediente. ¿Puedo yo cristiano ser soberbio?
Las lecturas de hoy nos llevan a considerar a Jesús en su extrema
humildad. En cuánto Hijo de Dios y consustancial con el Padre y el Espíritu
Santo, nadie puede dudar de la divinidad de Jesús, por lo tanto en cuanto Dios
no sólo no le corresponde ser humilde, sino todo lo contrario, manifestar su
omnipotente poder, sabiduría y eternidad. De hecho Jesús tiene un buen número
de manifestaciones de que es Dios y que actúa como tal, nos es el momento de
ubicar esas citas, pero lo interesante de este Maestro excepcional, pedagogo
divino que es Jesús, son las muestras de grandísima humildad que nos ha
dejado. Se podría decir que a cada paso Jesús es prototipo de ser enormemente
humilde y de un corazón lleno de compasión ante el error o el pecado de los
prójimos, cosa que a nosotros nos cuesta tanto. Pero tampoco es una
personalidad débil, que muestra inseguridad o complacencia o condescendencia
con el mal, el pecado o la injustica y peor aún con la soberbia.
En la primera lectura de este domingo (Zacarías 9, 9-10), en tan sólo dos
versículos queda prefigurada y profetizada la humildad verdadera, que no es
mera apariencia de humildad de Jesús. Si alguien es Rey por excelencia de
Cielos y Tierras es Jesús. Ningún rey terreno por más grande y poderoso que
sea ni se le puede comparar y sin embargo Jesús, llega como rey mesiánico
entrando en Jerusalén montado en un asno. Justo, porque va a cumplir toda la
justicia que exige el Padre para el rescate de toda esta humanidad caída y
pecadora, y victorioso porque la verdadera victoria de este rey será su muerte
en cruz, por la cual le quitará todo el botín de la humanidad entera al pseudo
“príncipe de este mundo”, astuto usurpador del reinado que sólo le compete a
Dios. Cristo aquí compró nuestra libertad al precio de su sangre bendita.
En la segunda lectura tomada de la carta de San Pablo a los Romanos
capítulo 8 (vv. 9.11-13), es el propio apóstol que en nombre de Jesucristo, nos
pide que no nos dejemos llevar por la carne, sino por el mismo espíritu que
resucitó a Jesús de entre los muertos y por el cual ahora vive. Por lo cual la
libertad que Cristo nos ha comprado a tan gran precio, no la desperdiciemos
viviendo como esclavos de la carne, que se corrompe y que no salva, sino que
nos hace cada vez más esclavos de aquél príncipe nefasto que Cristo venció en
la Cruz.
Finalmente, en el evangelio de este domingo (Mateo 11, 25-30), nos
muestra la opción preferencial de Jesús por los pequeños. ¿Quiénes son estos
“pequeños”? La gente sencilla del pueblo. No son en primer lugar los fariseos
hipócritas y los doctores de la ley, que creen ser los intérpretes de la ley divina,
pero generalmente la entienden con toda dureza hacia los demás, pero ellos no
la cumplen. Esta decisión divina, dispuesta por el mismo Dios Padre, de revelar
los misterios del reino a la gente simple, sin dobles de corazón ni ínfulas de
grandeza, es seguida al pie de la letra por Jesús, que no quiere obrar ni decir
nada que no provenga de su Padre.
Después viene la revelación de la revelación, es decir el secreto más
grande y misterioso que puede darnos el Padre a nosotros y que puede darnos
Jesucristo a nosotros. ¿Cuál es ese admirable misterio escondido y concedido
sólo a quiénes se abren y disponen a recibirlo? Nada menos que la persona del
Padre y la persona del Hijo. El Padre es el único que nos revela al Hijo y el Hijo
es el único capaz de revelarnos al Padre. Todo depende de la voluntad del Hijo,
ya que él es el único que está encarnado y por lo tanto accesible a nosotros.
¿Cómo lo hace? Por la mediación divina del Espíritu Santo, el maestro interior,
sin el cual nada de nada aprendemos. Pero también es necesaria la mediación
imprescindible de su santa esposa la Iglesia, que lo anuncia y celebra.
Pero Jesús no rechaza a nadie que venga a él, sobre todo si vienen
cansados y agobiados. Jesús es nuestro mejor y único descanso en serio. Es
verdad que Jesús nos manda tomar su yugo y seguirlo. Pero también nos dice
cómo ese yugo suyo puede ser liviano y hasta agradabilísimo para nosotros.
¿Cómo? Aprendiendo a tener también un corazón como el suyo: manso y
humilde. Jesús no sólo nos da ejemplo de ello sino que nos manda que seamos
mansos y humildes. Esta mansedumbre y humildad, nunca significa ingenuidad
o cobardía, todo lo contrario. Pero el que es humilde y actúa con mansedumbre
será feliz y Dios lo acompañará en todas las circunstancias de la vida.
Fray Diego José Correa, OP
Mendoza, Argentina.

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