Domingo XXI° del Tiempo Ordinario (A)
Lecturas bíblicas: Is 22, 19-23; Sal 137; Rom 11, 33-36; Mt 16, 13-20
¿QUIÉN ES ÉSTE?
Nos haremos una pregunta: ¿quién es Jesús? Espero que este
interrogante no sólo acompañe esta meditación, sino toda tu vida. Porque es
la cuestión fundamental. No sólo para nosotros, los cristianos, sino para todo
hombre. Nadie va a Dios más que por Cristo, y nadie es feliz si no es viviendo
en Dios. Por eso tenemos que hacernos esta pregunta.
Te invito a hacerla no como el que ve algo desde afuera, pues estamos
imposibilitados de hacerlo así. Toda respuesta que le demos, incluso la que
pareciera más científica, más fría, más lejana y aséptica, nos involucra.
Podríamos decir que, en cierto sentido, el hombre realmente no tiene la
libertad de optar por la indiferencia ante Jesús. Podrá pensar que lo hace, y
durante mucho tiempo tal vez lo consiga. Incluso puede ser que nunca se lo
plantee explícitamente, sin ser culpable de ello. Pero, en definitiva, la vida
verdadera que le espera, depende completamente de esa respuesta, que en
algún momento tendrá que dar.
En el tiempo de la vida terrena de Jesús, esta pregunta surgía una y
otra vez. ¿Quién es éste? ¿No lo conocemos ya, “no es este el hijo del
carpintero” (cf. Mt 13, 55)? Es cierto que habla con sabiduría, tiene palabras
que nadie había dicho. Pero ya sabemos quién es, lo conocemos desde
siempre. No sólo hemos oído sobre él, sino que su mensaje nos resulta ya un
poco anticuado. Estamos de acuerdo con la fraternidad y el amor, pero hay
muchas exigencias que ya nadie las puede vivir. Lo comprendemos, era sabio
y nos transmitió muchas palabras de aliento. Es un modelo de vida, queremos
su libertad e independencia. Habló como profeta, pero somos nosotros
quienes establecemos qué parte de su profecía es válida y cuál no lo es.
Nosotros medimos, según nuestra propia referencia, cuánto tomamos de su
enseñanza, en lugar de entregarnos completamente a su Verdad, para que ella
nos indique el peso y la consistencia de nuestro ser.
Durante estos domingos, la liturgia nos viene ofreciendo algunos
encuentros de Jesús. Estos momentos que estamos reactualizando en estas semanas, son de gran importancia en su vida pública, porque nos indican un
mayor progreso en la Revelación del Señor, que se muestra, poco a poco, en
su identidad más profunda. La respuesta que surge del acostumbramiento o
de pensar que se conoce al Señor “desde lejos”, resulta totalmente
insuficiente.
Pedro y los demás discípulos, en su barca azotada por la
tormenta, ven al Señor. Al reconocer su poder sobre los elementos, lo
adoraron (cf. Mt 14, 33). Seguramente se acordaron del salmo: “Clamaron al
Señor en su apuro, y él los libró de sus angustias. A silencio redujo la
tormenta, las olas callaron a una. Ellos se alegraron y se calmaron, y Él los
llevó al puerto deseado” (Sal 106, 28-30).
Pero, antes de este acto, el Señor tuvo que reprochar a Pedro su poca
fe (cf. Mt 14, 28; 16, 8). Donde no hay fe, el Señor no puede hacer muchos
milagros (cf. Mt 13, 58). Cuando algunos buscan verle, pero sólo por
curiosidad morbosa y sin deseos de conversión (cf. Lc 9, 7-9), él no responde
nada (cf. Lc 23, 9). La fe es necesaria para conocer quién es realmente.
¿Quién es, entonces, este Jesús, a quien “hasta el viento y el mar le
obedecen” (Mc 4, 41)? La mujer cananea vio en Jesús las manos de un Rey,
manos que curan y se compadecen. Por eso se postra ante Él, pidiendo
misericordia (cf. Mt 15, 22). ¡Qué honor fue que el Verbo Encarnado alabe
tu fe, mujer! Al arrojado Pedro, el Señor le había tenido que reprochar su
pequeña confianza. Jesús encuentra muchas veces que no son los israelitas,
el Pueblo de la elección, los que tienen más fe en él, sino los romanos (cf. Lc
7, 9) y los paganos.
Justamente en una región de paganos, en Cesarea de Filipo, el Señor
hace la pregunta fundamental. No se trata de saber qué dice la gente sobre
Jesús, porque lo esencial no es saber la opinión de los demás. No basta
conocer las conjeturas de otros, que reducen a Cristo a las categorías que
pueden manejar. ¡Ya se sabía qué esperar de un profeta!
Por el contrario, la pregunta verdaderamente profunda es la que nos
involucra. “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mt 16, 15). Ni siquiera
ese “vosotros” es una masa anónima, que responde automáticamente.
Aunque pueda estar hablando en nombre de los demás discípulos (¡cuántas
veces habrían conversado ya el tema!), la confesión es personal. Con esto no
quiero decir que podamos hacerlo de manera individualista, como si
fuéramos cristianos sin conexión con los demás seguidores de Jesús. Sin
embargo, tampoco es posible prescindir de la adhesión personal,
irrenunciable para todo acto verdaderamente humano.
Jesús es el Cristo: he aquí la base de nuestra vida cristiana. Él es el
Mesías, el Santo de Dios. Él es el Hijo del Dios vivo, y es el Viviente: “Soy
yo, el Primero y el Último, el viviente; estuve muerto, pero ahora soy
viviente, por los siglos de los siglos” (Ap 1, 17-18). Esto Pedro no lo pudo
saber por sus propias fuerzas, no se lo enseñó “ni la carne ni la sangre”, sino
el Padre. El Señor lo llama feliz por este motivo. La bienaventuranza que así
recibe es la de los que son hechos hijos, por haber creído en el nombre de
Jesús (cf. Jn 1, 12-13). El Hijo eterno del Padre, el que goza de su
complacencia (cf. Mt 3, 17; 17, 6), es quien puede otorgarnos la verdadera
filiación y prepararnos la morada en donde viviremos para siempre en la
intimidad de Dios.
Te pedimos, Jesús, que nos des una fe simple y firme, que exclame
sin vacilaciones: “Tú eres el Señor, el Hijo eterno”. Permítenos llegar a
contemplar, en el día de tu manifestación, el rostro que ahora anhelamos en
la oscuridad de nuestro caminar. Amén.
Fray Eduardo José Rosaz, o.p.
Friburgo, Suiza

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