DOMINGO de PENTECOSTÉS
31 de Mayo de 2020.
(Hechos de los Apóstoles 2, 1-11; Salmo 103; I Corintios 12: 3-7, 12-13; Secuencia de Pentecostés;
Evangelio según san Juan 20, 19-23).
"Ave María"
Esta fiesta de Pentecostés es fiesta para toda la Iglesia, y para todo el mundo; no es la fiesta de algunos
que nos auto-percibimos como “espirituales”, sino de toda la humanidad, cuando Dios comenzó a
derramar sobre todas las naciones su Espíritu y su gracia divina.
En el texto del Evangelio, Cristo relaciona la acción del Espíritu Santo con el perdón de los pecados; por
eso consideremos el efecto primero del Espíritu, que es la conversión, el arrepentimiento, el tomar
conciencia de que no somos buenos, y de que estamos necesitados de esta gracia, por la cual Dios nos
mueve (necesaria e infaliblemente) a que queramos ser santos “como Dios es santo”; pues la vida
espiritual (en el Espíritu) es un camino de santificación, que comienza por la renuncia a todo lo que se
opone a Dios y a su gracia santificante.
Así, nos recordaba Juan Pablo II que para una verdadera renovación en el Espíritu debemos dejarnos
enseñar por los grandes maestros de la vida espiritual, como S. Agustín, S. Juan de la Cruz o S.
francisco de Sales; no es lo mismo creernos santos que serlo de verdad. La santidad no es algo fácil, que
podamos alcanzar con un “amén, aleluia”: para los hombres es imposible ser santos, pero Dios puede (y
quiere) darnos esa santidad; los santos recibieron ese Don de Dios, y respondieron con amor al Amor.
Además, en la diversidad de dones, carismas, vocaciones y ministerios se realiza la armonía y el orden
en la Caridad: es decir que Dios no nos llama a todos a vivir de la misma manera, pues el pastor no es el
profeta, el evangelizador no es el obrero, pero todos nos unimos en un mismo Espíritu Santo que es el
Amor Increado, que realiza la Unidad Divina y por eso la unidad de la Iglesia.
Así llegamos a parafrasear a S. Pablo: si hablo la lengua de los ángeles y de los hombres, y no tengo
caridad ni arrepentimiento, nada soy; si tengo el don de profecía y conozco los misterios y la ciencia, y
no tengo caridad ni arrepentimiento, nada soy; si tengo la fe que traslada los montes y no tengo caridad
ni arrepentimiento, nada soy; aunque curara enfermos y adivinara el pasado y el futuro y no tengo
caridad ni arrepentimiento, nada soy; por más que sea teólogo, obispo, catequista, profesor; aunque
tengamos escuelas católicas, universidades católicas, parroquias católicas, si no tengo caridad ni
arrepentimiento, nada soy.
Y el tercer efecto de la acción del Espíritu es la unidad de la Iglesia; no la unidad del “pensamiento
único” y la “uniformidad” o “masificación”, pues la religión no es una “ciencia exacta”, en que 2+2=4,
o 5x5=25, y no puede ser de otra manera; como si en la Iglesia no hubiera más que una sola escuela
teológica, una sola posible pastoral, un solo rito de los sacramentos: en la única Iglesia hay “un solo
Señor” Jesucristo en la multiplicidad de diócesis, “una sola fe” en el sano pluralismo teológico, “un solo
Bautismo” en la diversidad de ritos, “un solo Dios y Padre” que nos pastorea en la multiplicidad de
planes pastorales; como diría san Agustín: en lo opinable y prudencial diversidad, en lo esencial unidad,
y en todo la Caridad, que da vida y sentido divino a todas las cosas.
P. Fr. Rafael María Rossi O.P.
Convento de Santo Domingo en Soriano
Mendoza, Rep. Argentina

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