Te invitamos a que veas el vídeo del día de hoy:
I. SANTA MISA
II. HORA SANTA
III. ORACIONES DEL ANGEL DE LA PAZ.
“Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan, no os aman.”
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que El mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón de Jesús y del Corazón Inmaculado de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.”
IV. SANTO ROSARIO MISTERIOS GLORIOSOS.
V. CONSAGRACION AL SAGRADO CORAZON DE JESUS, AL INMACULADO CORAZON DE MARIA Y A SAN JOSE.
Primer Misterio: La Resurrección del Señor.
Intención por el perdón de nuestros pecados. Rezamos este misterio por todos los errores que hemos cometido durante la vida, para que podamos superar la oscuridad en que vivimos por el pecado, y que la misericordia de Dios perdone nuestras culpas y podamos renacer en la Fe, la Esperanza y el Amor.
En la primera decena recordamos la Resurrección de Jesucristo.
La existencia de la Resurrección del Señor se asienta sobre señales y pruebas históricas de la más auténtica veracidad. Primero, su previsión y anuncio hecho por Jesús, después, una vez realizada la Resurrección, quedó comprobándolo el sepulcro vacío y sobre todo los muchos testigos que le han visto, después de haber resucitado de entre los muertos: comieron en la mesa con Él, tocaron las llagas de sus manos y costado, convivieron con Él cuarenta días, durante los cuales Jesús resucitado les dio las instrucciones y poderes necesarios para la Iglesia. Tan seguros de esto estaban los Apóstoles y muchos discípulos que dieron la propia vida en defensa de la verdad que afirmaban.
El primer anuncio de la Resurrección una vez ya realizada ésta, fue recibido por las mujeres, que no habiendo podido en la antevíspera embalsamar convenientemente el cuerpo del Señor fueron en la madrugada del domingo a prestarle este último homenaje. El anuncio les fue comunicado por el Ángel que removió la piedra del sepulcro. «Él les dice: “No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado? Ha resucitado, no está aquí. Mirad el lugar donde lo pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él irá delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo”» (Mc 16, 6-7).
Por lo tanto, Jesucristo resucitó, siendo su Resurrección el principio de nuestra resurrección: «Quien cree tiene vida eterna (…) y Yo le resucitaré en el último día» (Jn 6, 47-54).
Segundo Misterio: La Ascención del Señor al Cielo
Intención por la Reparación de nuestras ofensas. Recemos este misterio con el corazón humilde y arrepentido diciendo: Dios mío, yo creo, adoro , espero y te amo . Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman. De ahora en adelante mi oración y sacrificios te los ofrezco para reparar todas las ofensas que he cometido contra el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María .
En la segunda decena recordamos la Ascensión de Jesucristo al Cielo.
Después de su Resurrección, Jesucristo permaneció aún cuarenta días con sus apóstoles y discípulos, durante los cuales convivió y los trató familiarmente y anunció su próxima Ascensión al Cielo. A María Magdalena, una de las mujeres que fueron al sepulcro en la madrugada de la Resurrección, se le apareció el Señor; cuando se lanzó a sus pies, como para detenerle, Jesús le dijo: «No Me toques, porque todavía no he subido al Padre; pero ve a Mis hermanos y diles que subo a Mi Padre y vuestro Padre, a Mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20, 17).
El acontecimiento de la Ascensión de Jesús al Cielo es referido por San Marcos con estas palabras: «Así el Señor Jesús, después de hablar con ellos, se elevó al cielo y se sentó a la derecha de Dios» (Mc 16, 19).
Tenemos así bien comprobada la verdad de la Ascensión de Jesucristo al Cielo, y no hay lugar a dudas. Así pues, en ella creemos y como la Iglesia confesamos nuestra fe diciendo: «Resucitó al tercer día y subió a los Cielos» (El Credo o Símbolo de los Apóstoles).
Es en la identificación de nuestra vida con la vida de Cristo como nuestra confianza se afirma y fortalece. Sabemos que por nuestra unión con Cristo y por sus méritos seremos salvos; y que agradaremos al Padre en la medida en que reproduzcamos en nosotros los sentimientos de su Hijo, Jesucristo, de manera que el Padre vea en nosotros la presencia de su Verbo. Éste es el camino que tenemos que seguir para llegar a ocupar el lugar que Jesús nos tiene preparado en el Cielo.
Tercer Misterio: La Venida del Espíritu Santo
Intención porque las Familias reciban pronto los Sacramentos. Recemos para que todas las familias del mundo vivamos una vida sacramental, para que así tengamos la alegría de recibir la gracia y bendición que necesitan nuestros corazones.
En la tercera decena, recordamos la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles.
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice cómo sucedieron los hechos. Después de la Ascensión del Señor al Cielo, los discípulos y los Apóstoles bajaron del Monte de los Olivos y se dirigieron a Jerusalén. «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. Y sucedió que, de repente, sobrevino del cielo un ruido como de viento huracanado, que invadió toda la casa en la que estaban. Se les aparecieron lenguas como de fuego, que se distribuían y se posaban sobre cada uno de ellos. Y todos se llenaron del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les impulsaba a expresarse» (Hch 2, 1-4).
En el transcurso de la última Cena, Jesucristo habló varias veces del Espíritu Santo, que Él habría de enviar desde el Padre, cuando llegase allá, para enseñarles toda la verdad, cuya amplitud ellos en aquel entonces no estaban suficientemente preparados para captar. Les decía: «Os conviene que me vaya, pues si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; en cambio si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7).
En la acción o iniciativa de una de las Personas de la Santísima Trinidad, siempre están las otras dos. Y fue en nombre de la Tres Personas que Jesús envió a los Apóstoles: «Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19).
Cuarto Misterio: La Asunción de nuestra Señora al Cielo.
Intención por Sacerdotes y su celo apostólico. María Madre de los Sacerdotes, llena a tus hijos con tu amor maternal y protégelos con tu manto , para que el Espiritu Santo reavive el fuego divino en sus corazones y les de la fuerza para pastorear y buscar a sus ovejas, velar por ellas y conducirlas al camino de la verdad y la salvación.
En la cuarta decena recordamos la Asunción de María, Madre de Dios, al Cielo.
La Iglesia, después de haber estudiado este acontecimiento durante muchos años, iluminada por la asistencia del Espíritu Santo declaró como dogma de fe la «Asunción de María, Madre de Dios, al Cielo en cuerpo y alma».
Preservada del pecado original, después en el momento de su concepción, por privilegio único de Dios, María fue por Él, exonerada también de la pena que condenó al género humano a la corrupción del sepulcro. «Porque tú eres polvo y en polvo te has de convertir» (Gn 3,19).
Dios había creado al hombre teniendo por destino la vida eterna: no podía dejarlo para siempre en la muerte del pecado y en el polvo de la tierra. Pensó, entonces, en María, una humilde hija de la raza humana, pero por los singulares privilegios de que Dios la revistió, elevada sobre cualquier otra criatura, libre de la mancha del pecado original; pensó en María pura e inmaculada, para de Ella asumir la naturaleza humana en orden a realizar la obra de nuestra Redención. Es que Dios no podía tomar para Sí y unir a su naturaleza divina una naturaleza humana manchada por el pecado.
En el libro del Génesis Dios le dice al demonio: «Haré reinar la enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la de ella» (Gn 3, 15). Esta mujer, predestinada por Dios para dar a Cristo la naturaleza humana y ser con Él la corredentora del género humano no podía quedar en la sombra de la muerte, por no haber incurrido en la sentencia de culpa. Así María es la primicia de la Redención operada por Cristo; y por los méritos de Cristo ella fue elevada al cielo en cuerpo y alma, en donde vive y reina en Dios con el Hijo suyo y del eterno Padre.
En verdad su Hijo Jesús, Dios y hombre verdadero, es el manantial de la vida, por el cual todos nosotros habremos de resucitar un día, porque Dios nos creó para la vida y no podía dejarnos en la sombra de la muerte.
Quinto Misterio: La Coronación de la Virgen María como Reina y Señora de todo lo creado.
Intención por el fin de la pandemia, por los moribundos y fallecidos. Madre de Dios y Madre nuestra, te rogamos para que intercedas ante tu hijo por el fin de la pandemia, por las almas de los que han fallecido y por los que la están padeciendo. Madre Santísima en este valle de lágrimas que estamos viviendo, acompáñanos siempre y brilla en nuestro camino como signo de salvación y esperanza que nos conduce hasta Dios.
En la quinta decena recordamos la coronación de Nuestra Señora en el Cielo, como Reina de los Ángeles y de los Santos.
Cuando el Ángel anunció a María la Encarnación del Verbo divino le dijo: «Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Éste será grande: se llamará Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 31-33). Dios es el único Rey eterno; el Hijo se hace hombre y nace para reabrir a la humanidad el acceso del Reino eterno de Dios: «Yo soy Rey. Yo para esto nací y para eso vine al mundo» (Jn 18, 37), y su reinado no tendrá fin.
Al engendrar al Hijo del Altísimo, Rey eterno con el Padre y el Espíritu Santo, María es verdadera Madre de Dios y esposa del Espíritu Santo, habiendo concebido por Su intervención. Así María, en su calidad de Madre de Dios y esposa del Espíritu Santo es, casi diríamos por derecho, Reina. Dios no podía, pues, dejar de elevarla al Cielo en cuerpo y alma, habiendo sido coronada como Reina de los Ángeles y de los Santos.
En el Apocalipsis, San Juan nos dice que vio, en el Cielo, «una mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas» (Ap 12, 1). Nosotros creemos que María es esta mujer coronada por Dios. Con toda la Iglesia, la veneramos y proclamamos ¡Reina del Cielo y de la Tierra! Diariamente, la saludamos, invocamos y cantamos estas palabras «¡Dios te salve Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve!».
Tres Ave María en honra de la Santísima Virgen María y por el Santo Padre para alcanzar la indulgencia plenaria.
CONSAGRACIÓN DE SI MISMO A JESUCRISTO POR MEDIO DE MARIA SANTISIMA Y SAN JOSÉ (SAN LUIS MARIA GRIGNION DE MONTFORT)
PETICIÓN DE INTERCESIÓN A SAN JOSÉ PARA MI CONSAGRACIÓN
Oh, San José, tú que fuiste quien más cercano vivió a María y Jesús, y que tu protección es tan grande, tan fuerte y tan inmediata ante el trono de Dios, a ti confío todas mis intenciones y deseos de consagrarme a Jesús por medio de María. Ayúdame, San José, con tu poderosa intercesión, a obtener todas las bendiciones espirituales de tu Hijo adoptivo, Jesucristo Nuestro Señor, y de tu esposa la Santísima Virgen María, a quienes protegiste, alimentaste, cuidaste y acompañaste mientras viviste con Ellos, de modo que, al confiarme, aquí en la tierra, a tu poder celestial, te tribute yo mi agradecimiento y homenaje.
Oh, San José, nunca me cansaré de contemplarte con el Divino Niño Jesús durmiendo en tus brazos. No me atrevo a acercarme cuando Él descansa junto a tu corazón. Así que abrázale en mi nombre, besa por mí su delicado rostro y pídele que me devuelva ese beso cuando yo exhale mi último suspiro. ¡San José, ruega por mi! y que esta Consagración que hago a Jesús por medio de María se imprima en mi corazón transformándolo; protégeme con perpetuo patrocinio, para que, a ejemplo tuyo y sostenido(a) por tu auxilio, pueda santamente vivir, piadosamente morir y alcanzar la eterna bienaventuranza en el cielo. Amén.
CONSAGRACIÓN de SÍ MISMO(A) a JESUCRISTO por MARÍA SANTÍSIMA Y SAN JOSÉ
¡Oh, Sagrado Corazón de Jesús!, verdadero Dios y verdadero hombre, Hijo único del Padre Eterno y de María, siempre Virgen! Te adoro en la gloria del Padre, durante la eternidad y en el seno virginal de María, tu Madre, en el tiempo de tu Encarnación.
Te doy gracias porque, anonadándote, has venido al mundo, hombre entre los hombres y servidor del Padre, para librarme de la esclavitud del pecado.
Te alabo y glorifico Señor, porque has vivido en obediencia amorosa a María, para hacerme fiel discípulo(a) suyo(a). Desgraciadamente, no he guardado los votos y promesas de mi bautismo y no soy digno(a) de llamarme hijo(a) de Dios. Por ello, acudo a la misericordiosa intercesión de tu Madre esperando obtener por su ayuda el perdón de mis pecados y una continua comunión contigo, Oh, Sagrado Corazón de Jesús.
Te saludo pues, oh María Inmaculada, templo viviente de Dios: en ti ha puesto su morada la Sabiduría Eterna para recibir la adoración de los ángeles y de los hombres. Te saludo, oh Reina del cielo y de la tierra: a ti están sometidas todas las criaturas. Te saludo, refugio seguro de los pecadores: todos experimentan tu gran misericordia. Acepta los anhelos que tengo de la Divina Sabiduría y mi consagración total.
Yo, _____________________ consciente de mi vocación cristiana, renuevo hoy en tus manos mis compromisos bautismales. Renuncio a satanás, a sus seducciones, a sus pompas y a sus obras, y me consagro a Jesucristo para llevar mi cruz detrás de Él, en la fidelidad de cada día a la voluntad del Padre. En presencia de toda la corte celestial, te elijo en este día por mi Madre y Maestra. Me entrego y consagro a ti, como tu esclavo(a), mi cuerpo y mi alma, mis posesiones tanto internas como externas, incluso el valor de todas mis buenas acciones, pasadas, presentes y futuras, dejando en ti, entero y completo derecho de disponer de mí, y todo lo que me pertenece, sin excepción, de acuerdo a tu voluntad, para mayor gloria de Dios en el tiempo y en la eternidad. Madre del Señor, acepta esta pequeña ofrenda de mi vida y preséntala a tu Hijo; si Él me redimió́ con tu colaboración, debe también ahora recibir de tu mano, el don total de mí mismo(a). En adelante, deseo honrarte y obedecerte en todo como verdadero(a) esclavo(a) tuyo(a).
¡Oh, Corazón Inmaculado de María!, que yo viva plenamente esta consagración para prolongar en mí la amorosa obediencia de tu Hijo y dar respuesta a la misión trascendental que Dios te ha confiado en la historia de la salvación. ¡Madre de misericordia!, alcánzame la verdadera Sabiduría de Dios, y hazme plenamente disponible a tu acción maternal. Colócame así,́ entre los que tú amas, enseñas, guías, alimentas y proteges como hijos tuyos. ¡Oh, Virgen fiel!, haz de mí un(a) auténtico(a) discípulo(a) e imitador(a) de tu Hijo, el Sagrado Corazón de Jesús. Contigo, Madre y modelo de mi vida, llegaré a la perfecta madurez de Jesucristo en la tierra y a la gloria del cielo. Amén.
¡Totus Tuus!
13 de Mayo de 2020.
Celebración del 103 aniversario de las apariciones
de la Santísima Virgen María en Fátima, Portugal.
*FUENTES DE MEDITACIONES DEL ROSARIO:
El Rosario con Sor Lucía
Carmelo de Coimbra
Ediciones Carmelo
www.materfatima.org
Correo: info@materfatima.org

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