Homilía para el domingo 24 de mayo de 2020.
Solemnidad de la Ascensión del Señor Él vendrá
Hch 1, 1-11; Sal 46; Ef 1,17-23; Mt 28,16-20
“Y dejas, Pastor santo,/tu grey en este valle hondo, oscuro,/con soledad y
llanto,/y tú rompiendo el puro/aire, te vas al inmortal seguro!” (Luis de León)
Querido hermano:
Es innegable la belleza de la oda que fray Luis de León (1527-1578) escribió para
la Ascensión del Señor. Sin embargo, a pesar de la elegancia que caracteriza al fraile
español, hay algo que falta. Durante la Ascensión, los ángeles anuncian que el que se fue
vendrá. “Este Jesús” no es el Yente, sino el Viniente. No se está yendo para abandonarnos,
sino para volver. Ahora bien, esta venida no es solamente su misión invisible. No es
solamente su presencia sacramental y capital. No es solamente el envío de la Promesa del
Padre para no dejarnos huérfanos. La venida anunciada por los ángeles, y por el mismo
Señor, es su Segunda Venida “en una nube, lleno de poder y de gloria” (Lc 21,27).
La Fiesta de la Ascensión resalta particularmente la esperanza en esta Segunda
Venida. Cristo Rey también, pero su sentido original es la realeza social de Cristo: en lo
espiritual y en lo temporal, en lo individual y en lo comunitario. Nuestra profesión de fe
en la Ascensión no recae simplemente en el recuerdo de un episodio histórico del pasado,
sino que está unida a la certeza de que ya está sentado a la diestra del Padre y de que
vendrá a instaurar visiblemente su juicio definitivo: et iterum venturus est iudicare vivos
et mortuos. Él reinó, reina y reinará para siempre. De esta manera, el retorno de Jesús al
Padre es un recuerdo constante de que el fin de la Historia no se dará por manos invisibles
ni por utopías científicas, sino por elestablecimiento definitivo del Reino.
A pesar de pretender lo contrario, “el mundo actual está ansioso de profecía”,
como decía Leonardo Castellani hace casi 70 años. Lo más obvio es pensar en
horóscopos, quiromancías o brujas. Ahora bien, los ambientes sofisticados también
manifiestan su ansiedad por conocer lo que vendrá por medio de encuestas de opinión,
gurúes orientales o previsiones de crecimiento económico. Una época como la nuestra,
orgullosa de su incertidumbre y de su liquidez, cuando se encuentra ante eventos que la
sacuden (y que posiblemente no sean peores que tantos otros del pasado), busca profecías
camufladas en modelos científicos que le hablen de picos, achatamientos,
desconfinamientos – y nuevas normalidades. Sin embargo, el cristiano tiene una profecía
certificada por el autor mismo de la Historia: este mundo terminará (porque, como dice
Pablo: “la apariencia de este mundo es pasajera”, praeterit figura huius mundi [1 Cor
7,31]), cuando Cristo vuelva (precedido por la gran apostasía [2 Tes 2,3], dado que “al
aumentar la maldad se enfriará la caridad de muchos” [Mt 24,12]), para instaurar el Reino
de Dios, que llegará “como un ladrón” (2 Pe 3,10). Entonces, “Dios será todo en todos”(1
Cor 15,28) y,según la promesa del Señor, se establecerán cielos nuevos y una tierra nueva
“en donde residirá la justicia” (2 Pe 3,13).
¿Estos temas son usados por fanáticos que buscan infundir miedo? Puede ser. Pero
eso no significa negar la insistencia de la enseñanza del Nuevo Testamento. Del mismo
modo, la misericordia y la preocupación por los pobres pueden ser manipuladas, pero eso
no elimina su urgente exigencia. En ambos casos, el mayor peligro posiblemente sea el
fariseísmo y la presunción – no la enseñanza en sí (pero dejémoslo para otro día).
“Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo?” (Hch 1,11). En muchas
ocasiones, este texto se usa para afirmar que debemos preocuparnos de la realidad
cotidiana, sin que lo celestial sea un escapismo vano. En otras palabras, que la
concentración en las cosas celestes no debe ser una excusa para desatender el compromiso
con las cosas terrestres. Concedámoslo, en aras del argumento (aunque se le podría objetar
mucho). Esto no quita lo formalmente profetizado: “Este Jesús” retornará. Él está
viniendo, y “cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles,
se sentará en su trono glorioso” (Mt 25,31).
“¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les
aseguro que Él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos”(Lc 12,37).
Fray Eduardo José Rosaz, o.p.
Friburgo (Suiza)

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